Pepe Marco Molinero, director de Vinos Divertidos

Entrevista

Pepe Marco Molinero, director de Vinos Divertidos

‘Con Vinos Divertidos queríamos huir de la seriedad’

Cojón de Gato, Teta de Vaca, La Moto, son los nombres poco serios con los que Vinos Divertidos intenta llegar al público joven desde hace 15 años. Su director, Pepe Marco, quiere quitarle seriedad al mundo del vino. Recupera variedades autóctonas y suele aprovechar el nombre popular de la uva para crear marca con desenfadadas presentaciones. Con sede en El Campello (Alicante), la empresa trabaja en bodegas de ocho denominaciones de origen: Somontano, Calatayud, Rioja, Ribera, Rueda, Valdeorras, Rias Baixas y Madrid.

 

El nombre de la empresa, Vinos Divertidos, ¿es toda una declaración de intenciones?

Exactamente. Vinos Divertidos nace por ese concepto que buscábamos de hacer algo diferente y notorio. El vino es un componente, un atributo de diversión, de pasarlo bien. En España, como latinos que somos, nos gusta alternar, salir y compartir, y el mundo del vino forma parte de eso. Con Vinos Divertidos queríamos huir de la seriedad. En el imaginario colectivo parece ser que para hablar y entender de vinos tienes que ser un gurú, y no hace falta. Al final, lo que se tiene que hacer es que el vino sea un elemento vertebrador de amistad, de compañía.

¿El objetivo es atraer a gente joven?

Sí. No buscamos gente ya madura en el consumo de vino sino a quienes se inician. Hay gente joven que mira el vino como una cosa de abuelos, de padres. En Francia, la gente joven de entre 20 y 30 años bebe mucho vino.

Cojón de Gato fue el primer vino.

Sí. Es también el nombre de una variedad de uva de mesa que está en peligro de extinción. Se conoce en distintas zonas de España como ‘Cojón de Gato’, ‘Botón de Gato’, ‘Pito Gato’, ‘Collon de Mico’ o ‘Cojón de Médico’. ‘Teta de Vaca’, es otra.

¿Qué nombres han provocado más carcajadas?

El que más potencia tiene, en todos los aspectos, es Cojón de Gato, por el doble sentido. Un cliente que escucha por teléfono que le llaman de la bodega Cojón de Gato no se queda indiferente. En México y otros países latinos este vino funciona muy bien. Podemos presumir de ser pioneros en romper el hielo. En los últimos quince años ha salido mucha gente, pero antes no había este atrevimiento, no se veían estos nombres raros. Lo que sí hemos tenido claro es que detrás de estos nombres hay una variedad para permanecer en el tiempo, de otra manera igual que se puede poner de moda, podría desaparecer. El concepto lo hemos podido alimentar. Hemos sacado Cojón de Gato con otras variedades, con ‘Gewürztraminer’, con ‘Godello’ o con ‘Verdejo’ de Rueda. En España somos muy marquistas, hemos conseguido una marca amable, bien percibida. También hemos encontrado gente que nos ha preguntado cómo hemos puesto estos nombres.

¿Y qué hay detrás de La Moto?

La colección La Moto nace de un viaje por distintas denominaciones de origen para una colección vintage. Unas veces vamos con una moto, otras con una furgo… A nosotros nos gusta contar historietas que ayuden a descubrir algo. En el caso de La Moto, las garnachas de Calatayud de viñas viejas en suelos de pizarra, de arcilla, a mil metros de altura. En La Furgo nos hemos ido a la Rioja Alavesa.

¿Y La Tapa Loca?

Es otra colección. El mejor ‘deporte’ que practicamos en España es comer y beber. Para exportación nos está funcionando muy bien. La palabra tapas está muy bien percibida. Hacemos vinos en cuatro denominaciones de origen con ese concepto.

Cuente la historia de Camino a Pardos.

Es un guiño a la España vaciada. Pardos es un pueblecito abandonado desde hace 30 años que está cerca de la bodega de Calatayud, está detrás de nuestras viñas viejas de ‘Garnacha’. Queríamos recuperar variedades como la ‘Garnacha’. Es un guiño a quienes han tenido que emigrar también. Hacemos un vino con viñas de 40 años y otro con viñas selección de 80, que es el top que tenemos.

También se dedican a la sangría y al vermut.

Sí. En Calatayud se trabajan muy bien los vinos dulces. Para el vermut hemos buscado La Chelo, un nombre castizo, madrileño, tiene un puntito dulzón, de entrada, con un punto amargo al final, para gente que no toma habitualmente vermut. Y para la sangría hemos buscado marca de país, María de la O, pensando en el mercado americano, con una etiqueta folklórica. Buscamos el concepto de tapeo diurno. En España. falta promocionar la sangría como copa, está asociada a los guiris y es un producto muy nuestro. La sangría solo se puede producir en España y Portugal.

¿Dónde tienen bodegas y cómo trabajan en otras zonas?

Tenemos pequeñas participaciones en la bodega de Calatayud y otra en Somontano. En el resto, trabajamos con acuerdos haciendo seguimientos desde la viña para chequear y tener control de lo que queremos. Nunca hemos querido invertir en activos fijos. Nuestro esfuerzo está en el marketing. Los importadores internacionales en realidad buscan un abanico de vinos españoles, pero con distintas variedades y formas de elaborar. Estamos en 14 países.

¿Cuántas botellas venden?

Estamos en unas 250.000 botellas. En España vedemos en hostelería y algunas cadenas de supermercados. El 70% es mercado nacional y el 30% restante exportación, aunque queremos exportar más. En España estamos 5.000 bodegas. El mercado es muy complicado.

¿En qué horquilla de precios se mueven?

Siempre hemos tenido claro que el tope de precio de venta al público en tienda no esté por encima de 10 euros. Se pueden encontrar a entre 6 y 9 euros. Es un buen precio y un buen vino.

¿Ha conseguido conectar con la gente joven, como era su propósito?

Cada año estamos vendiendo más. Nosotros no hacemos vinos serios, reservas y crianzas porque queremos llegar a la gente joven. Creemos que vamos bien. Tenemos 15 años. No podemos competir en marcas y gustos con gente que lleva 100. Apostamos más por el momento de disfrute que por la procedencia.

Rosa Matas.

Publicado en Enoviticultura nº72

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